Sextante Azul
Espacio lúdico, crítico, críptico e inmortal, hasta que la tecnología decida lo contrario.
martes, 21 de febrero de 2012
Walt Disney, Mahler y Dudamel.
lunes, 6 de febrero de 2012
viernes, 3 de febrero de 2012
2012, o la vuelta de tuerca.
Después de un largo periodo de hibernación, el Sextante Azul se desempolva y otea horizontes que van de los trópicos a los sicotrópicos.
Unas vueltas de tuerca aquí y allá, redescubrimientos de viejos hábitos y el abandono de otras nuevas adicciones, otras más por las mescalinas y unas gotasa de introspección, tan de moda y recurrente en nuestros días.
Las promesas sugieren compromisos que no estamos dispuestos a cumplir. Seguiremos cumpliendo, eso sí, con prometer diversas cosas al que quiera que se le prometa.
Así que si están a la vista, el sextante podrá calcular el azimuth y saber su posición.
Zarpamos de nuevo.
Por su atención, gracias.
lunes, 18 de julio de 2011
De Facundo Cabral (y otros muertos)
Toda muerte es ciertamente lamentable y condenable y abre nuevas cicatrices sobre cada una de las que apenas creemos van cerrando. Toda muerte violenta lo es aún más, hasta el límite del desasosiego.
Dudo que en estos tiempos podamos siquiera acercarnos, no sin cierto recelo, a aventurar un cálculo de cuántos han muerto en estas guerras que nos rodean, que no es la "guerra contra el narco", sino la guerra contra nosotros mismos.
El tejido social de este país ha alcanzado grados inimaginables de descomposición y que día a día cuesta más trabajo creer, pero que también día a día se van convirtiendo en parte del paisaje, minando hasta lo más profundo nuestra ya de por sí muy mermada capacidad de asombro. Ceguera de taller, es que le llaman.
Es sólo hasta que muertes como la de Facundo Cabral, figura pública, o la del arquitecto Javier Serrano, vienen a sacudir un poco la modorra de estos nuestros tan maltrechos países.
No conocí a Facundo Cabral ni mucho menos intimé con él. Pero sí me identificaba con el discurso.
Mi acercamiento a su música fue a través del mismo canal por el que me llegaron tantas canciones como las de Inti-Illimani, Quilapayún, Daniel Viglietti, Paco Ibáñez, George Moustaki, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Víctor Jara, Soledad Bravo, Patxi Andión o los exiliados Víctor Manuel y Serrat.
Para 1973, año en que México abre sus puertas a tanta gente buena de América del Sur que huía de las dictaduras, mi afinidad por esta música -cosa que no me sucedió con la nueva trova cubana, posterior a este movimiento- me unía también a una buena parte de las historias que conocí de primera mano en el Colegio Madrid, institución académica fundada por exiliados españoles republicanos en la que estuve enclaustrado por 12 años y donde comprendí a través de muchos de mis compañeros el dolor del destierro de Argentina, Chile y Uruguay, principalmente.
De muchos de ellos, a la fecha sé. Algunos se han vuelto a la patria y otros decidieron hacer de ésta la suya que habían perdido.
Pero la música siempre ha perdurado en mi como un vínculo irrestricto de simpatía y relación con aquella época, tan antagónica como anárquica, al grado que conservo vivo el recuerdo de cómo me molesté con mi hermano Pedro cuando cambió el disco original de "Sticky Fingers" de los Rolling Stones por dos de Quilapayún.
Era la época. No había cabida al discurso yanqui, e incluso los Stones, en el paroxismo de la radicalización, eran considerados yanquis.
En casa, las tardes de bombo, charango, quena y zampoña eran frecuentes. Y allí conocí a Facundo Cabral, al que alguna vez recuerdo haber ido a ver a la Peña del Cóndor Pasa, cuando ésta y otras, como la Peña de los Folkloristas, eran los lugares para la hermandad con la música latinoamericana.
Sin embargo, a Facundo Cabral en su momento se le cuestionó el no haberse comprometido con ciertas causas sociales y el comportarse como una veleta política, asimilando los cambios de forma rápida y reacomodándose socialmente en varios escenarios políticos.
Esto lo supe pocos días después de su muerte.
Mucha gente puede haber cambiado de bando y camiseta, de bandera y misión; muchos otros por ser coherentes también han sabido encontrar la fórmula de entrar en el negocio. Hay cosas que no encuentro muy coherentes en Silvio Rodríguez, por ejemplo, con el discurso de la Revolución Cubana y que podrían ser altamente cuestionables.
No defiendo ni condeno a Silvio o a Facundo; lo que me sacude más es la muerte de Cabral y el consiguiente desencanto, que me ha dejado como un crío al que le han quitado una paleta que pensó que le duraría toda la vida.
Creo que el desencanto es una de las peores experiencias en la vida, pero el desencanto de la muerte es uno de los más difíciles de sobrellevar. El desencanto de ver que detrás de cada muerte no habrá más que el crudo silencio que ésta deja como imborrable rastro.
El sábado de la muerte de Facundo Cabral publiqué un "tuit" en mi cuenta personal (@JackPantanos). Éste decía: "Hoy me duelen Monterrey –en referencia a los 20 asesinados a sangre fría en un bar de aquella ciudad- y Guatemala. Dónde dolerá mañana?".
Sí me duelen las muertes y me duele mi país. Me duele Lucio Cabañas, y por supuesto también la mujer de Lucio.
Hay poco margen de acción, pero mientras haya posibilidades de hacerlo, habrá que hacerlo, porque me jode también todo esto, como que se mate a creadores o que se retire a Jorge Volpi de Italia, con un argumento tan bizarro como endeble y ridículo, así como así.
lunes, 4 de julio de 2011
El Rolls Royce de Rigo Tovar
Lo vi en su casa en 1994 cuando fui asignado para entrevistarlo con el objeto de evaluar la posibilidad de hacer una telenovela sobre su vida. El productor sería Luis de Llano.
De aquellos días, deben estar guardadas por allí alrededor de 9 cintas con todas las entrevistas que le hice a Rigo en una modesta casa en el barrio de Tlalpan, por allá donde se cruzan Insurgentes Sur y avenida San Fernando.
Lo primero que llamaba la atención al llegar a esta casa de clase media era constatar que no se trataba de una residencia enorme, o lo que imaginaríamos que el autor tamaulipeco, icono de la música tropical de los 70 en nuestro país, podría ostentar como su habitáculo.
Traspasar la puerta de la calle era introducirse en un espacio lleno de recuerdos de cuando niño, escuchando a Rigo Tovar y su Costa Azul en todas partes: el mercado, el taxi, el trolebús, la cocina de casa y en alguna que otra boda de una de las primas mayores.
Al tiempo que cruzaba el pequeño pasillo que conducía al interior de la casa y pasaba justo al lado del maravilloso Rolls Royce Phantom de Rigo, imaginaba cómo habría hecho Rigo para traerse semejante ejemplar de ingeniería perfecta desde el Reino Unido.
La casa era por demás minimalista. Carecía casi de muebles y todas las habitaciones estaban pintadas de blanco, y un barandal de madera que recorría todas las paredes de la casa servía de guía a un Rigo Tovar que para entonces ya había perdido la vista por completo debido a una retinitis pigmentosa, que incluso le llevó a Londres a tratársela en 1977. Supongo que de ese viaje habrá salido el Rolls Royce. La verdad es que nunca lo supe. Nunca se me ocurrió preguntarle.
En los días subsecuentes, me enteré –más gracias a los comentarios de un personaje misterioso que siempre estaba junto a Rigo y cuyo nombre deben también guardar las cintas- de que Rigo tenía 32 hijos naturales reconocidos y que con motivo de un aniversario más de su carrera, había rentado el hoy extinto salón Riviera (en División del Norte y Cuauhtémoc), celebración a la que invitó a todas sus mujeres, a quienes sentó en una misma mesa.
En 1995 estaba cerca de casarme y tuve la peregrina idea de pedirle a Rigo el Rolls Royce como mi coche de bodas. “Con una condición”- contestó. “-Con que me dejes tocar en tu boda”.
Salí esa tarde de casa de Rigo verdaderamente perplejo y lleno de ideas de cómo producir el banquete de mi boda, y corrí a contárselo a mi “contraparte contrayente”. Iba por un coche y salí con él y un grupo (más que) versátil.
Por un prurito de mi raquítica conciencia, pensé que quizá no sería del todo buena idea, y después de ver la cara de mi novia, comprendí que no habría cabida alguna a la discusión del punto; la noche de la boda corría el riesgo de convertirse en un concierto de Rigo Tovar –sin su Costa Azul- y competiría con la estrella de la noche. Y no hablo precisamente de mi.
Hice números. La producción sería muy costosa, además de pagar el desplazamiento correspondiente de los músicos del SUTM. Desistí y se lo comenté a Rigo, quien amablemente entendió las razones, no sin sentirse un tanto decepcionado.
Terminó por no ir a la boda y yo sin el Rolls Royce que pensé podría transportarnos, pero siempre cordial, Rigo mandó su regalo correspondiente.
Hice los primeros 5 capítulos de una telenovela que nunca se grabó, pero que a la fecha sigo pensando habría sido un gran homenaje a uno de los más grandes compositores de música tropical de este país y que, según estadísticas, logró reunir en un concierto a más gente que el Papa Juan Pablo II en Monterrey.
Números son números. Y no todos los coches son para todas las noches.
lunes, 6 de junio de 2011
Quiero conocer a ese cabrón.
Escuchaba el concierto en solitario de Saúl Hernández con especial detenimiento cuando me asaltó el recuerdo de las tocadas de Las Insólitas Imágenes de Aurora en El Ágora de Insurgentes Sur, casi esquina con Barranca del Muerto. (Ciudad de México, para mayor referencia).
El que fuera entonces uno de los pocos espacios para presentaciones de rock en esta ciudad resultaba ser, para su tiempo, una librería de vanguardia con títulos inimaginables que decidió abrir el espacio a otras actividades alternativas, al igual que El Juglar y Gandhi.
Allí pude ver a varias bandas, y entre ellas a Las Insólitas, predecesores de Caifanes, Jaguares y del nuevo disco de Saúl. Allí y en otros sitios como el Tutti Frutti, el Foro Isabelino e incluso en el Bar 9, donde las bandas se presentaban en jueves, que era el día buga de este legendario recinto gay de la Zona Rosa.
Los que vinieron poco después abrieron brecha ya entrados los ochenta, cuando las disqueras comenzaron a poner un poco de atención, cosa que ya han olvidado hacer: Bon y los Enemigos del Silencio, Kerigma (válgame), los mismos Caifanes, La Cuca, La Maldita, y como decía el anuncio del cine de entonces: Futurama, y varios más.
Pero el recuerdo de las bandas me llevó directamente a otra cosa.
No me pondré a hacer un recuento de los daños y los años del rock nacional, sino del reinicio de los grandes conciertos en nuestro país, donde lo que más me intriga es saber quién fue el valiente que decidió hacer uno de los primero conciertos masivos de rock en estas tierras: Carlos Santana en el Nou Camp de la ciudad de León.
Muchas cosas se han escrito y hablado de los conciertos en México y de cómo poco a poco se fueron acercando los masivos a la ciudad, después de estar proscritos por más de 20 años. Queen, Santana, Bon Jovi, Rod Stewart, por contar algunos; todos fuera de la metrópoli.
En 1988, se anuncia que Santana vendrá a México con toda su banda, pero no se anuncia a dónde. Pocos días después se sabe que será en el estadio del legendario equipo de primera división, los "Panzas Verdes" del León: el Nou Camp.
Por supuesto compré boleto, y con un par de amigos nos lanzamos hasta allá, donde pudimos ver al héroe de Autlán tocar “Black magic woman”, entre el humo que soltaban los cigarros hechos ya del pasto de la cancha, a falta de algo más fuerte que había sido decomisado, junto con las cubas en “topers”, a las puertas del estadio.
23 años después pienso quién decidió jugarse el pellejo y se atrevió a llevar a cabo tal hazaña, con tantas variables en contra: un artista internacional, en un estadio (mundialista, por cierto), en una ciudad como León, entonces de 1 millón de habitantes, y a 400 kilómetros de distancia de su mayor mercado; un sistema de boletaje incipiente, una infraestructura de producción de conciertos prácticamente inexistente en la ciudad y una seguridad municipal no acostumbrada a manejar hordas de rockeros enardecidos.
¿El resultado? Un gran concierto y un saldo blanco.
Más allá de los riesgos que implicaba el retorno de inversión a través de la venta total del boletaje –esa noche no cabía un alfiler en el Nou Camp- y con todas estas variables en contra, el arrojo de quien ideó el traer a Santana a México, a esa plaza y en esos años, es verdaderamente admirable.
Y yo quiero conocer a ese cabrón.
sábado, 22 de enero de 2011
Did mobile kill the lighter?
2010. Al final del mítico concierto de The Wall en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México, Roger Waters sube al escenario y dice: "Recuerdo que la primera vez que vine hicieron ustedes algo con los celulares; los encendieron y esto se veía magnífico. ¿Lo pueden hacer de nuevo mientras tocamos la siguiente canción?". El público responde y enciende sus móviles que retratan a un Roger Waters que, a su vez, mira arrobado el espectáculo lumínico.
Desde que el apresurado desarrollo de las tecnologías de información y comunicación han hecho los celulares accesibles a la mayor parte de la población, (lo que coincide con la prohibición de fumar en los recintos), los móviles han sustituido en los conciertos a los encendedores y cerillos a la hora de las baladas. Una tradición que, según Waters, "sólo se ha visto en México".
Hasta allí, todo bien.
Pero con la aparición de los móviles con video, la experiencia ha cambiado. Ya no se encienden las cerillas y los encendedores. Ahora, como en el concierto de The Wall, son los teléfonos celulares los que tienen a su cargo esa función, pero con una característica más: la grabación en video.
Cuando los celulares con funciones para tomar y enviar fotografías inundaron el mercado, hubo artistas que satanizaron esta práctica por sentir que atentaba contra los derechos de su imagen, como Alanis Morissette. Otros como Jay-Z la aplaudieron, porque al cabo del tiempo, se convertirían en un importante vehículo promocional con cargo al usuario. Evidentemente, Jay-Z llevaba la razón.
Pero el fenómeno ha ido más allá.
Asistir a un concierto o un espectáculo en vivo es una experiencia única que no se puede comparar con escuchar un disco o ver un DVD. El público paga un boleto por tener la posibilidad de exponer todos sus sentidos a una vivencia probablemente inigualable y su atención total en el objeto de su devoción: el artista y su creación; es hacer que entren sensaciones por los poros y que el reflejo sea una descarga de energía que recorre la piel y la pone de gallina.
Pero el celular es una nueva televisión; un nuevo medio. La experiencia hoy en día de muchos asistentes a conciertos consiste en encender el móvil en la función de video para guardar para la posteridad el recuerdo de su asistencia a esta experiencia, pero lo que hacen es ver el concierto a través del monitor del aparato, olvidándose de mirar el escenario.
Cada vez es más usual ver un alto porcentaje del público haciendo algo -grabar o tomar fotografías- que en teoría, no está permitido. Pero ese es un caso más en el que la tecnología va dictando las reglas de la legislación incluso antes de que podamos reaccionar. Pero eso es motivo de otro texto.
Personalmente nunca lo he hecho, y desconozco si grabar un concierto en mi teléfono para reproducirlo después en casa podrá reactivar las emociones que me genera una presentación en vivo. Honestamente, lo dudo mucho. Proablemente el placer radica en la posibilidad de compartirlo con la comunidad vitual a través de las mútiples herramientas que dan acceso a las redes sociales. Pero es claro que hay gente a la que esto le llama la atención y debe existir algún truco que aún no he descubierto.
Habrá que experimentar.